CON FIRMA. “¿Triunfo de la moción de censura?”, por Miguel Ángel García

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264 - Miguel Angel Garcia 3x3 cm

La semana pasada tuvo lugar, en España, un acontecimiento nunca visto con anterioridad: que una moción de censura consiguiera su objetivo y supusiera la destitución de un presidente del gobierno y el ascenso automático de otro candidado a ese puesto. Muy bien podría decirse, entonces, que la moción de censura había triunfado, y que se abría una nueva etapa en la política y en la sociedad española.

Desde luego, la expectación con que se ha vivido ese acontecimiento, y la posterior constitución de gobierno por parte del nuevo presidente, Pedro Sánchez, apunta a que, al menos en lo político, sí parece haberse abierto una nueva etapa. Habrá que ver el alcance que esto tiene, aunque parece que no será fácil para nadie el avanzar en ella, a juzgar por lo hemos tenido que oír en este tiempo, de unos y otros.

Sin quitar ni poner importancia a lo anterior, me gustaría poder plantearme, desde una perspectiva personal, y hasta profesional si me apuran, la cuestión de si realmente ha triunfado la moción de censura en el ámbito social. Porque desde luego no espero que los problemas de España los resuelva, sólo, un gobierno, sea del color que sea, ni me gustaría dejar en sus manos, sólo, mi futuro personal y profesional, ni el de las personas que me rodean. Porque creo que ya vamos teniendo suficiente experiencia como para saber que los problemas reales no los resuelven “otros”. O que no los resuelven, sólo, esos “otros”. Hay que implicarse en ellos, pero con los valores que decimos profesar y que tantas veces queremos que vivan y apliquen, sólo, esos otros.

El primero es el de la lucha contra la lacra de la corrupción. Sin ignorar que probablemente haya habido muchos otros motivos para que una parte de la sociedad española quisiera un cambio de gobierno, el problema que parece haber puesto la oportunidad en bandeja para conseguirlo ha sido, precisamente, el de la corrupción. Una corrupción que vemos extendida por doquier, que ha afectado a diferentes entornos y partidos (Madrid, Cataluña, Andalucía…), pero que ha alcanzado su momento álgido en las últimas semanas a raíz de la sentencia del llamado caso “Gürtel”, que ha acabado implicando formalmente al partido politico entonces en el gobierno, y del nuevo episodio de corrupción asociado a ese mismo partido de la mano del ex-presidente de la Generalitat Valenciana Eduardo Zaplana. La corrupción masiva (aunque no sólo limitada de ese partido) ha estado presente, a buen seguro, en el curso que ha seguido la moción de censura y en su resultado final a corto plazo.

Pero la solución a una corrupción tan extendida no puede dejarse en manos, sólo, de quienes tengan la responsabilidad de gobierno. Cuando el clima de corrupción es tan generalizado, no va a haber nunca medidas suficientes para extirparlo, y ésto sólo podrá hacerse desde la implicación de todos. Me temo que, como mediterráneos, tenemos una cierta tendencia a hacer la “vista gorda”; y lo que puede ser positivo en algunos ámbitos (haciéndonos más tolerantes y más flexibles) puede ser muy negativo en otros. En éste de la corrupción, muy en concreto.

Porque hemos de ser conscientes de que cada caso de corrupción es un robo al erario público, pero no sólo. Tenemos que ver, sí, que cualquier agresión al erario público (o a la economía de una organización o institución de interés público) es un robo a mano armada a nuestros propios bolsillos, pues supondrá que nos tocará asumir, de nuestros propios fondos, el coste de algún servicio que ya no nos podrá suministrar el Estado, o incluso no poder llegar a costearlo, como le pasa a tanta gente. La corrupción tiene un alto “coste de oportunidad”, de ese del que tanto nos hablan los economistas de la salud cuando pretenden hacernos conscientes de nuestra responsabilidad profesional en la gestión de los recursos sanitarios. Lo repito: cualquier robo al erario público es un robo directo a nuestro propio bolsillo. Por muy amigo nuestro que sea el que lo haga. Y los enchufes, y los nombramientos a dedo, lo mismo, aunque en un principio parezcan beneficiarnos a nosotros mismos; hasta en estos casos nadie sabe con qué intereses vienen semejantes y delictivos “favores”. También, por cierto, muy extendidos, como demuestran los casos de diferentes oposiciones autonómicas, destacando (pero no sólo) el reciente caso del País Vasco.

Hay otra cosa más que me preocupa, y que quiero exponer antes de terminar mi “homilía”. La democracia se ofrece como una buena solución política cuando reconocemos que nadie tiene la “solución ideal” para gestionar la convivencia de una sociedad: que gobierne quien tenga mayoría suficiente, es decir, aquélla tentativa de solución que tenga un mayor apoyo social. Pero no nos olvidemos que esto no da legitimidad para creer que esa tentativa es la única posible, ni siquiera la mejor, sino que es sólo eso, la que más apoyos ha obtenido. Imponerla como solución única tendría un fuerte aroma a totalitarismo ideológico (aunque sea recortado en el tiempo) y a desprecio profundo a las otras opciones (y, con ello, a las personas que las defienden, tan ciudadanas como cualquiera otra). Y, sin embargo, nuestros políticos y, desgraciadamente, también nuestra sociedad, asume con facilidad este tipo de totalitarismo ideológico y de desprecio, o falta de respeto, a quien no piensa como ellos. No hay más que rebobinar lo dicho y ocurrido en estas semanas para tener evidencia de ello.

No podemos dejar que nuestros políticos manejen la convivencia social como si de un conflicto entre ultras de dos aficiones futbolísticas se tratara. La vida social, la política de verdad, tiene una riqueza y una complejidad mucho mayores que una confrontación entre dos equipos, y tiene mucho más de cooperación, de hecho, que de confrontación. La vida social tampoco puede resolverse en el resultado numérico de un partido de fútbol, con o sin prórroga, sino que tiene muchos matices y peculiaridades que ni un resultado numérico, ni siquiera un titular de periódico (auténtico producto de culto de nuestros políticos en la actualidad), pueden recoger adecuadamente.

La vida tiene muchos matices que ninguno de nosotros, nadie, puede captar en su totalidad, como nos decía, con un lenguaje claro y comprensible, nuestro Ortega y Gasset. Por eso necesitamos escucharnos y tenernos en cuenta mutuamente, aunque no tengamos las mismas ideas de fondo. No dejemos que nuestros políticos reduzcan la vida de nuestra sociedad a una polémica entre aficiones rivales. Dispongámonos a escuchar, considerar, razonar y dialogar desde el respeto. Y no consintamos excesos, ni verbales ni legales ni criminales. Aunque hayamos podido ver tantos.

Ojalá que Pedro Sánchez y su gobierno, y quienes les sucedan en el futuro, sean del color que sean, se encuentren con una sociedad así, una sociedad que les haga recuperar la verdadera condición democrática, la de la honradez y el respeto a todas las opciones, y que sepa aprovechar, entonces, la honradez y verdadera condición democrática de sus gobernantes. Entonces sí que habrá triunfado la moción de censura. Hasta entonces, permítanme que me quede a la expectativa.

Pero no sólo. También con mi compromiso por mi vida y la de quienes me rodean, por mi profesión y por la sociedad en que me toca vivir. Ojalá esa sea la intención con la que todos nos pongamos a trabajar por nuestro futuro en común.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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