CON FIRMA. “Alcohol, drogas y agresiones”, por Miguel Ángel García

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266 Miguel Angel García 3x3cm

Hace diez días nos golpeó a todos la noticia de la brutal agresión sufrida por un médico del servicio de urgencias de la provincia de Toledo, en estado crítico tras ser intervenido neuroquirúrgicamente, al atender un aviso a domicilio en la localidad de Camarena. De la agresión, afortunadamente, pudo liberarse la enfermera que le acompañaba, que tuvo que buscar refugio en el automóvil con que se habían desplazado.

Como muy bien han destacado varios compañeros en distintos medios, se trata de una situación absurda en que quien acude a atender (por obligación, vocación y profesión) a un herido, se encuentra inmerso en un conflicto con el que nada tiene que ver y que acaba poniendo en grave riesgo su vida. El hijo del herido al que atendían, al parecer en situación de intoxicación por drogas y alcohol, le propinó varios golpes con una barra de hierro, originándole daños gravísimos. La situación ha provocado preocupación entre los profesionales sanitarios en general, dada la vulnerabilidad en que se producen muchos de los episodios asistenciales, sobre todo en atención de urgencias, como es el caso, tanto a domicilio como en dispositivos asistenciales en los que, con frecuencia, los profesionales están solos. Y, desde luego, el sistema sanitario tiene que ser consciente de esas situaciones y ponerles remedio, como último responsable de la salud y seguridad de sus trabajadores en el cumplimiento de sus funciones asistenciales. Así se lo seguiremos pidiendo, una y otra vez, desde las organizaciones sindicales, sin ningún género de duda. Aunque, por desgracia, ya no sea útil para este compañero, a quien deseo, evidentemente, la mejor evolución.

Sin embargo, y más allá de la relativa imprevisibilidad de este tipo de situaciones, hay una reflexión que me surge de este suceso: el papel que en él han tenido que ver, con casi total seguridad, el alcohol y las drogas. Y lo traigo a colación porque alcohol y drogas producen problemas de salud, lesiones y, también, muertes, y no sólo de quien las consume, sino de terceros no implicados en dicho consumo: por efectos tóxicos directos, por accidentes de tráfico, por peleas y altercados y, en ocasiones como la que nos ocupa, por agresión pura y simple.

Y, sin embargo, nos comportamos ante ello con un nivel de tolerancia social increíble. Permitimos (e incluso justificamos) que se celebren eventos de consumo masivo de alcohol en los espacios públicos (botellones, hinchadas futbolísticas en grandes eventos…) y consentimos, socialmente, que se organicen fiestas en las que el alcohol es la estrella (a veces incluso con menores, como ocurre en algunas celebraciones estudiantiles) y que se produzca un consumo masivo también, a pesar de rayar con la legalidad, de muchas sustancias tóxicas que se distribuyen en multitud de locales. Aún sería sostenible si la moderación fuera la característica, pero aunque lo fuera, el exceso, desgraciadamente, no es excepcional, con todas sus consecuencias.

Cierto que quien consume, sobre todo en exceso, tiene rasgos como para ser considerado enfermo y ofrecerle tratamiento, pero la forma en que socialmente toleramos el consumo facilita esa enfermedad y, lo que es más grave, posibilita que, de vez en cuando, tengamos que acudir a eventos trágicos como el ocurrido en Camarena, que tanto dolor nos produce a todos.

No deberíamos ser tan tolerantes con este tipo de consumos, no. Sobre todo cuando se ponen en riesgo la salud y la vida de otras personas.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, máster en Bioética y Derecho. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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